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EL DORADO ES VENEZUELA
Por Administrador
Publicado en 10/03/2026 14:34
ECONOMIA

El Hombre Dorado : El Dorado es Venezuela

Por: Julio A. López Editor en jefe

Caracas, 2 de marzo de 2026 — Durante siglos, exploradores atravesaron selvas, ríos y montañas persiguiendo un espejismo llamado El Dorado, la promesa de una tierra capaz de transformar el destino de quienes se atrevieran a creer en ella. El pasado 17 de enero publiqué un libro en el que no solo expuse ideas, sino que lancé un llamado —casi un grito de conciencia nacional— para que los venezolanos comprendamos que esa leyenda podría dejar de pertenecer a la historia.

Hoy, por primera vez en generaciones, Venezuela no enfrenta un mito sino una oportunidad histórica real. Mientras el mundo vuelve la mirada hacia nuestras reservas energéticas como fuente segura y confiable, el país se encuentra ante una decisión trascendental: permitir que El

Dorado siga siendo literatura .... o, finalmente, convertirlo en desarrollo, prosperidad y futuro.

El Hombre Dorado: El Dorado es Venezuela; no intenta narrar el país que dejamos atrás, sino anticipar el país que todavía estamos a tiempo de construir. Más que un ensayo político o económico, el libro surge como un llamado —casi una advertencia histórica— para comprender que Venezuela regresa, una vez más, al centro del tablero mundial en un momento decisivo para su destino.

Hoy, mientras el mundo observa con preocupación la escalada de tensiones entre Israel, Estados Unidos e Irán, así como el creciente riesgo de una expansión del conflicto en el Medio Oriente, la seguridad energética vuelve a convertirse en una prioridad estratégica global. En ese nuevo escenario, Venezuela deja de ser periferia para volver a ser una pieza clave del equilibrio internacional.

La historia demuestra que cada gran crisis global redefine el mapa del poder y de los recursos. Las guerras ya no solo se libran con ejércitos, sino también con energía, cadenas de suministro y estabilidad geopolítica. El enfrentamiento indirecto entre Washington y Teherán, sumado a la fragilidad del Golfo Pérsico —región por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial— ha reactivado una realidad que muchos creían superada: el mundo necesita proveedores energéticos confiables fuera de las zonas de conflicto permanente.

Durante años fuimos vistos únicamente como una crisis política o humanitaria. Hoy comenzamos a ser observados nuevamente como una solución estratégica. Sin embargo, esta vez la oportunidad llega acompañada de una pregunta histórica que también atraviesa las páginas de mi libro: ¿seremos capaces de convertir la abundancia en un proyecto nacional y no volver a convertirla en botín? Como explico en la introducción de la obra, Venezuela nunca fracasó por falta de riqueza, sino por no haber sabido organizarla dentro de instituciones sólidas y de una visión compartida de futuro.

A esa realidad se suma un elemento que rara vez aparece en el debate público venezolano: el cambio estructural del orden energético mundial. La transición hacia energías limpias avanza, pero más lentamente de lo previsto por los centros de planificación global. Las economías industriales continúan dependiendo del petróleo y del gas para sostener el crecimiento, la estabilidad social y la seguridad nacional. Cada crisis internacional confirma una verdad incómoda para muchos discursos políticos: el mundo aún depende de hidrocarburos y seguirá haciéndolo durante varias décadas.

La guerra entre Israel e Irán, con la participación directa de Estados Unidos, ha vuelto a elevar el concepto de seguridad energética al rango de doctrina estratégica. Washington entiende que depender exclusivamente del Golfo Pérsico implica riesgos militares permanentes. Europa, recientemente golpeada por crisis energéticas sucesivas, busca proveedores políticamente estables y geográficamente diversificados. Incluso Asia comienza a recalcular sus rutas de suministro ante un escenario internacional cada vez más fragmentado.

En ese rediseño silencioso del mapa energético, Venezuela posee ventajas que ningún otro país puede replicar simultáneamente: reservas gigantescas, proximidad al mayor mercado consumidor del planeta, infraestructura existente —aunque deteriorada— y una tradición técnica que aún sobrevive en miles de profesionales dentro y fuera del país. No partimos desde cero; partimos de una potencia dormida.

Sin embargo, la verdadera transformación no dependerá únicamente del retorno de las grandes petroleras ni del levantamiento progresivo de las restricciones internacionales. Dependerá de algo más profundo: la reconstrucción de la confianza. Los capitales llegan cuando se perciben reglas claras, estabilidad jurídica y una visión de largo plazo. El Dorado moderno no se construirá con improvisación, sino con instituciones capaces de garantizar la continuidad más allá de cualquier gobierno.

Tal vez por primera vez en décadas, Venezuela tiene ante sí una ventana histórica en la que geografía, energía y geopolítica convergen simultáneamente. Las oportunidades nacionales casi nunca anuncian su llegada; simplemente aparecen y desaparecen según la capacidad de una sociedad para reconocerlas.

La pregunta ya no es si el mundo regresará a Venezuela.

La verdadera pregunta es si Venezuela está, finalmente, preparada para regresar al

Mundo.

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